Publicado: Tevet 5786 (25.12.2025)
Isaac E. Behar
En esta ocasión quise no solo inspirarme en la porción de la Torá, sino en la haftará de esta semana —Ezequiel 37:15–28—. Existe una tradición mencionada por varios historiadores judíos medievales y modernos— que sitúa el origen de la lectura de las haftarot durante el período de persecución seléucida, en tiempos de los hashmoneos, cuando el estudio público de la Torá estaba prohibido. Para mantener vivo ese estudio, los sabios asociaron lecturas proféticas a las parashot semanales.
Es así, que la parashá y la haftará dialogan en torno a una misma enseñanza: la fractura del pueblo y su futura reunificación. En la Torá vemos cómo la división debilita, cómo la desunión abre la puerta al exilio. Ezequiel no se va por las ramas, lo expresa de forma visual y concreta: dos palos, dos nombres, dos historias —Yehudá y Yosef— que deben volver a ser uno solo. Rashi, al comentar textos relacionados con la división de los reinos, explica que la ruptura entre Yehudá y Efráim no fue solo política, sino también espiritual, Ibn Ezra por otro lado defendía que se debía a un hecho concrteo o evento histórico.
Históricamente podríamos decir que son ambos. Quizás por eso esta haftará ha sido, durante siglos, una de las más significativas para el pueblo judío en la diáspora. Frases como “los traeré de entre las naciones” o “ya no serán dos reinos” no eran metáforas: eran plegarias. Generaciones enteras vivieron con estas palabras como horizonte, sin saber si alguna vez se materializarían, tanto la unidad de la colectividad judía tanto en espiritu como geográficamente.
Y hoy vivimos una paradoja. Para algunos, la existencia del Estado de Israel parece algo casi casual, político, normalizado. Pero, a la luz de la historia, es cualquier cosa menos eso. Tras la caída del reino del norte, el exilio de Yehudá y casi dos mil años de dispersión, en 1948 el pueblo judío vuelve a tener soberanía, territorio y liderazgo propio. No dos reinos. No dos pueblos. Una sola nación.
Ezequiel habla de un solo rey. Sin entrar en interpretaciones cerradas, es difícil no leer aquí una referencia a la restauración del liderazgo nacional. Desde Theodor Herzl hasta el Israel moderno, y hoy con figuras institucionales como el presidente Yitzhak Herzog, el pueblo judío volvió a tener representación soberana en su propia tierra. No en el sentido davídico clásico, pero sí como algo históricamente inédito desde la antigüedad.
La profecía no se limita a una declaración política. Habla del retorno de los exiliados, y ese retorno sigue desplegándose ante nuestros ojos. Judíos expulsados de países árabes tras 1948; sobrevivientes de la Shoá; millones de judíos que emigraron desde la ex Unión Soviética, comunidades etíopes traídas en operaciones como Moisés (1984) y Salomón (1991).Entre muchas otras comunidades pequeñas y poco conocidas como los judíos andinos o también la comunidad israelita de la Araucanía— que tras hacer aliyáse unieron a la diversidad del Israel contemporáneo.
Sin embargo, Ezequiel no cierra su libro con una promesa ingenua. Habla también del Santuario, de la presencia divina en medio del pueblo, y deja claro que la restauración no es solo territorial. Implica leyes, fidelidad y responsabilidad.
Hoy el pueblo judío está profundamente dividido. Algunos, en nombre de la pluralidad, relativizan la autoridad de estos textos. Otros, desde la política, los usan como herramientas para agendas personales. Pero Ezequiel parece anticipar incluso esta tensión.
Si tantas partes de esta profecía se han cumplido de manera tan concreta, ¿por qué ignorar también la solución que el propio texto propone?
La permanencia en un pacto milenario, la observancia de las mitzvot, y el reconocimiento de un Uno soberano que ha sostenido al pueblo de Israel frente a toda adversidad.